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Historias del foroTraiciónFicción14 min de lecturaParte 2 de 3

El relicario de plata reveló la verdad: mi esposa no murió, mi prima me la robó — Parte 2 de 3

Por WixForum KitchenPublicada el

El juicio que destapó una conspiración familiar

Las semanas siguientes fueron un torbellino. Celeste fue procesada en Ginebra, y las pruebas en su contra se acumulaban como una avalancha. Los registros bancarios, las llamadas telefónicas, los testimonios de los médicos que habían operado a Maya bajo amenaza.

Pero lo que más me sorprendió fue la reacción de mi familia. Mi padre, que siempre había apoyado a Celeste, se negó a creer las acusaciones. La defendió en los medios, la visitó en la cárcel, y me miró como si yo fuera el traidor.

—Damon, estás destruyendo a esta familia —me dijo una noche, por teléfono—. Celeste es una buena mujer. No sé qué te ha contado esa azafata, pero no puedes creerle.

—¿Azafata? —repliqué, con la voz helada—. ¿Te refieres a mi esposa, la madre de mi hijo? La mujer a la que tu querida sobrina mandó secuestrar y desfigurar.

Mi padre se quedó en silencio. Pero el silencio no era una disculpa.

Mientras tanto, Maya y yo comenzamos a reconstruir nuestra relación. Era extraño, al principio. Me miraba a los ojos, y yo veía a la mujer que había amado, pero su rostro era diferente. Había cicatrices que no recordaba, una forma de sonreír que me desconcertaba.

Pero su esencia era la misma. Su risa, su manera de acariciar el cabello de Leo, la forma en que sus ojos se iluminaban cuando me veía entrar en la habitación. Era Maya. Mi Maya.

Leo se adaptó a ella con una naturalidad que me asombró. La primera vez que Maya lo bañó, el bebé se rió a carcajadas, salpicando agua por todas partes. Cuando lo acostó esa noche, le cantó una canción de cuna que yo recordaba de nuestra luna de miel.

—¿Recuerdas esa canción? —le pregunté, recostado en el marco de la puerta.

—Es la que me cantabas tú —respondió, sonriendo—. La aprendí para dormir a Leo cuando él no estaba.

Se me hizo un nudo en la garganta. Había estado sola, pensando que su hijo había muerto, y aún así había guardado esa canción para él.

—Maya, ¿por qué no me buscaste? —pregunté, con la voz ronca—. Después de la cirugía, cuando descubriste que estabas viva. ¿Por qué no intentaste contactarme?

Maya bajó la vista, jugando con el borde del relicario que ahora llevaba siempre al cuello.

—Lo intenté —dijo, en voz baja—. Pero Celeste me interceptó. Me dijo que habías firmado los papeles del divorcio, que te habías casado con ella una semana después de mi muerte. Me enseñó fotos de ustedes dos en la boda. ¿Qué podía hacer? Me sentí traicionada.

—Pero yo nunca supe nada de eso —protesté—. Creí que habías muerto. Te lloré durante años.

—Lo sé ahora —dijo, con lágrimas en los ojos—. Pero en ese momento, con la cara vendada, sin recuerdos claros de los días posteriores al incendio, solo tenía la palabra de Celeste. Y ella era muy convincente.

La abracé, sintiendo su cuerpo temblar contra el mío. Había perdido tanto tiempo. Tanto dolor causado por una sola persona.

Una visita inesperada que lo cambió todo

Una tarde, mientras jugaba con Leo en el jardín de nuestra casa en Zúrich, un coche negro se detuvo frente a la verja. Del interior salió mi padre, con el rostro pálido y demacrado. No lo veía desde el día del juicio.

—Damon —dijo, con una voz quebrada—. Necesito hablar contigo. Y con Maya.

Maya salió a la puerta, con Leo en brazos. Mi padre la miró, con una expresión que no supe descifrar. Luego, sacó un sobre del bolsillo de su chaqueta.

—Esto llegó a la oficina esta mañana —dijo, entregándomelo—. Es de un abogado en Barcelona. Creo que deberían leerlo.

Abrí el sobre. Dentro, una carta y un informe médico. La carta estaba firmada por un tal Dr. Hernández, de la clínica donde operaron a Maya.

«Sr. Cross, he guardado este secreto durante años, pero ya no puedo vivir con ello. Su esposa Maya no fue la única víctima de su prima. Hubo otra mujer, una paciente llamada Elena, que fue sometida a la misma cirugía. Celeste la utilizó como señuelo. La hizo pasar por Maya durante meses, para que nadie sospechara que la verdadera Maya estaba viva.»

Me quedé helado. ¿Otra mujer? ¿Un señuelo? Miré a Maya, que estaba pálida como la cera.

—¿Quién es Elena? —pregunté.

—Era una paciente que necesitaba cirugía reconstructiva tras un accidente —respondió mi padre, con la voz apagada—. Celeste la encontró, pagó sus deudas y la convenció de que participara en un plan para hacerse pasar por ti, Maya. Le dieron tu nombre, tu historia, tus cicatrices.

—¿Y dónde está Elena ahora? —preguntó Maya, con un hilo de voz.

Mi padre bajó la cabeza.

—Ella es la que está en el cementerio bajo tu lápida. Murió en un accidente de coche hace dos años. Celeste la eliminó cuando ya no la necesitaba.

El horror me recorrió la columna. Celeste no solo había destruido nuestra vida, sino que había utilizado a una inocente como peón, y luego la había desechado.

—¿Y por qué me cuentas esto ahora? —pregunté, con dureza—. ¿Por qué no lo dijiste antes?

Mi padre levantó la vista, con lágrimas en los ojos.

—Porque yo también estuve involucrado —confesó—. Celeste me chantajeó. Tenía fotos mías con una amante, y amenazó con destruir mi matrimonio y mi reputación si no la ayudaba a ocultar el plan. No sabía que iba a llegar tan lejos. No sabía lo de Elena.

La furia me quemó las entrañas. Quería gritarle, golpearlo, pero Maya me puso una mano en el brazo.

—¿Y ahora qué? —preguntó, con calma—. ¿Qué quieres de nosotros?

—Quiero ayudar —dijo mi padre, secándose las lágrimas—. Quiero testificar contra Celeste. Contar todo lo que sé. Y quiero pedirles perdón, aunque sé que no lo merezco.

Maya y yo nos miramos. No sabíamos si confiar en él. Pero la verdad era más importante que el orgullo.

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