Historias del foroSegundas oportunidadesFicción12 min de lecturaParte 2 de 3
La Nana Que Reconoció el Latido de un Bebé Ajeno: El Secreto del Medallón — Parte 2 de 3
Por WixForum KitchenPublicada el

El regreso de una muerta y la sombra de Genevieve
—No puede ser —murmuré, apartando la mirada del medallón que Matteo sostenía como si fuera una reliquia sagrada—. Yo me llamo Liana Graves. No sé quién es Elena.
—Liana, escúchame —dijo Matteo, con la voz ronca pero firme—. Ese medallón es único. Lo mandé hacer para mi esposa el día que nació nuestro hijo, y la marca de nacimiento detrás de tu oreja… es idéntica a la de Nico. No hay coincidencias así.
Yo temblaba. Las lágrimas rodaban por mis mejillas sin que pudiera detenerlas, y mi mente era un torbellino de imágenes borrosas: el sonido del mar, un grito, un golpe seco, y luego la oscuridad. Los pescadores me habían encontrado en la orilla, medio muerta, sin documentos, sin memoria. Me habían dado un nombre nuevo, una vida nueva, pero en mis sueños siempre aparecía el llanto de un bebé.
—Desperté en la clínica de unos pescadores sin recordar mi nombre —confesé, con la voz apenas un susurro—. Solo el sonido de un bebé llorando en mis sueños. Cada noche, durante siete años, el mismo llanto.
Matteo me envolvió en un abrazo tan feroz que me dejó sin aliento, con Nico apretado entre los dos. El bebé ni siquiera se inmutó, dormido como un ángel. Sentí su cuerpo temblar contra el mío, y por primera vez en años, no me sentí sola.
—Genevieve —dijo Matteo, con la voz atronadora que yo aún no le había escuchado—, estás despedida. Mi esposa ha vuelto a casa y nadie volverá a separar a esta familia jamás.
La niñera palideció. Abrió la boca para protestar, pero Matteo la cortó con un gesto de la mano. —Lárgate antes de que llame a seguridad.
Genevieve recogió su bolso con manos temblorosas y salió del vestíbulo sin decir palabra, pero en su mirada había algo más que humillación. Había un brillo de venganza que a mí me heló la sangre.
La noche que trajo la verdad a la mansión
Esa noche no pudimos dormir. Matteo me llevó a su estudio, un salón de techos altos lleno de libros y de fotografías enmarcadas. En una de ellas aparecía una mujer joven con mi rostro, sonriendo junto a él en la playa. Yo no la reconocía, pero algo en mi pecho me dolía como si la conociera de siempre.
—Elena —dijo Matteo, señalando la foto—. Te conocí en un viaje a la costa. Eras una fotógrafa, valiente, testaruda, con una sonrisa que iluminaba cualquier habitación. Cuando me dijiste que estabas embarazada, nunca había sido tan feliz.
—¿Y qué pasó? —pregunté, con la voz temblorosa.
—Ibas a dar a luz en la clínica de la ciudad, pero te empeñaste en visitar a tu madre en el pueblo del acantilado. Hubo una tormenta, tu coche se salió de la carretera… Encontraron el vehículo destrozado en las rocas, pero tu cuerpo nunca apareció. Te declararon muerta, pero yo nunca dejé de buscarte. Contraté investigadores, puse anuncios en todos los periódicos… Nadie supo nada.
Yo escuchaba con el corazón desbocado. Intentaba recordar, pero todo era un muro negro. Solo el llanto de Nico me traía ecos de algo que no podía nombrar. Matteo me contó que su madre, una mujer cruel y manipuladora, le había impuesto a Genevieve como niñera para "ayudarle", pero que ella solo había empeorado las cosas. Me confesó que Nico había nacido prematuro, que había estado en la incubadora semanas, y que desde que llegó a casa no había dejado de llorar ni un solo día.
—Hasta que llegaste tú —susurró, tomándome la mano—. Hasta que lo cargaste y él se calló.
No sabía qué responder. Me sentía abrumada, confusa, pero también, por primera vez en años, en casa. Decidimos que al día siguiente llamaríamos a un abogado para hacer las pruebas de ADN, y que mientras tanto, yo me quedaría en la mansión con Nico. Matteo me preparó una habitación contigua a la suya, con vistas al mar, y me dejó allí con el bebé dormido en mis brazos.
Fue entonces cuando sonó el timbre de la puerta principal. Eran las dos de la madrugada. Matteo bajó a abrir, y yo me quedé en la habitación, meciendo a Nico, cuando escuché una voz que conocía demasiado bien: la de Genevieve.
—Señor Varric, creo que debería ver esto antes de tomar decisiones precipitadas —dijo, con un tono que no auguraba nada bueno.
Me asomé al pasillo y vi a Genevieve en la entrada, iluminada por la luz fría del porche, sosteniendo su teléfono en alto. En la pantalla, una fotografía granulada mostraba a una mujer joven que se parecía mucho a mí, pero con otro nombre debajo. El titular decía: "La heredera desaparecida en el accidente del acantilado no era quien creían: la verdadera Elena Varric sigue viva".
Matteo se quedó helado. Yo me aferré a Nico, sintiendo que el mundo se derrumbaba de nuevo. ¿Quién era yo realmente? ¿Liana o Elena? Y lo más aterrador: si yo no era Elena, ¿dónde estaba la verdadera esposa de Matteo?
—Eso es imposible —dijo Matteo, con la voz quebrada—. Elena está aquí, en mi casa. La tengo en mis brazos.
—Oh, ¿sí? —sonrió Genevieve—. Entonces, ¿por qué su ADN no coincide con el del bebé? Acabo de recibir los resultados de una prueba que hice hace una semana, sin que usted lo supiera.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito. Yo miré a Matteo, y él me miró a mí, y en sus ojos vi una duda que me partió el corazón. Porque en el fondo, yo también lo sabía: aquella foto en el estudio, esa mujer sonriente, no era yo. Mi nombre podría ser Elena, pero mi sangre no era la de Nico.
—Voy a averiguar quién soy —dije, con la voz firme a pesar del miedo—. Y voy a hacerlo ahora mismo, antes de que esta noche nos consuma a todos.
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