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Historias del foroTraiciónFicción9 min de lecturaParte 2 de 3

La niñera que quiso ahogar a mi hijo pagó caro su traición en el muelle — Parte 2 de 3

Por WixForum KitchenPublicada el

En la comisaría, la verdad se desmoronaba como un castillo de naipes

Dos horas después, estábamos en la comisaría de La Currar. Oliver dormía en una silla, con el osito en el regazo, mientras yo intentaba explicar al inspector lo que había pasado en el muelle.

—¿Una cámara en el peluche? —preguntó el inspector, levantando una ceja. Era un hombre canoso, con cara de haber visto de todo.

—Sí —dijo Diana, que se había sentado a mi lado—. Yo se la puse. Llevaba semanas sospechando de Clara.

Me giré hacia ella, sorprendido. —¿Tú? ¿Por qué no me lo dijiste?

Diana bajó la mirada, jugando con sus manos. —No podía arriesgarme a que me quitaran a Oliver. Pensé que si te contaba mis sospechas sin pruebas, me despedirías. Así que decidí vigilarla yo misma.

El inspector nos miró a ambos. —¿Y qué más grabó esa cámara?

Diana sacó su teléfono y reprodujo varios archivos. Eran conversaciones entre Clara y alguien más. Una voz masculina que me resultaba demasiado familiar.

—Eso es Mateo —dije, y el nombre se me atragantó en la garganta. Mi hermano. Mi único hermano.

El inspector inclinó la cabeza. —¿Su hermano? ¿El mismo que está en la lista de herederos?

—El mismo —respondí, con un nudo en el estómago. Papá siempre había preferido a Mateo, pero al final me dejó la mayor parte de la herencia. Y Mateo nunca lo superó.

Las grabaciones eran claras. Clara y Mateo planeaban deshacerse de Oliver, culpar a Diana, y luego repartirse mi fortuna. Lo habían hablado en varias ocasiones, siempre en voz baja, pero la cámara del osito lo captaba todo.

—¿Y cómo consiguió la cámara? —pregunté, mirando a Diana.

—La compré en una tienda de espionaje online —admitió—. Era pequeña, de alta definición. La escondí en la costura del osito una noche mientras Oliver dormía.

—¿Y Oliver sabía lo que hacía?

—No. Le dije que el osito era mágico y que podía escuchar los secretos del viento. Él solo quería jugar.

El inspector tomó notas. Después, nos pidió que esperáramos en la sala contigua. Mientras caminábamos, sentía que el suelo se movía bajo mis pies. Mi hermano. Mi propio hermano, planeando la muerte de mi hijo.

En la sala, Diana se sentó frente a mí. —Richard, sé que no tienes motivos para creerme, pero nunca quise hacerte daño. Solo proteger a Oliver.

—Lo sé —dije, y por primera vez en horas, sentí que podía respirar. —Te debo una disculpa. Estuve a punto de despedirte por unos celos tontos.

—¿Celos? —preguntó ella, extrañada.

—Pensé que Oliver te quería más a ti que a mí —admití, con vergüenza—. Y me dolía.

Diana sonrió débilmente. —No tienes que preocuparte por eso. Oliver te quiere muchísimo. Solo que yo le enseño a hacer galletas.

Me reí, y fue la primera risa sincera del día.

Una hora después, el inspector entró con una carpeta. —Hemos detenido a Mateo en su casa. Estaba intentando huir al aeropuerto. Y tenemos pruebas suficientes para acusar a ambos de intento de asesinato.

—¿Y qué pasará con mi hermano? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Enfrenta una larga condena. Y Clara también. No verán la luz del día por muchos años.

Me quedé mirando el suelo, pensando en mi padre. Si supiera que su hijo menor había planeado matar a su nieto, se revolvería en su tumba.

Pero entonces escuché una vocecita a mi lado. Oliver se había despertado y me tiraba de la camisa.

—Papi, ¿por qué la gente hace daño? —preguntó, con los ojos llenos de confusión.

No supe qué responder. Me agaché y lo abracé, sintiendo su pequeño corazón latir contra el mío.

—No lo sé, hijo. Pero siempre te protegeré. Siempre.

Oliver asintió, y luego levantó su osito hacia mí. —¿Podemos darle un nombre nuevo? —dijo—. Ya no quiero que se llame como ella.

—¿Cómo lo quieres llamar?

—Guardián —dijo, con una sonrisa tímida—. Porque nos protegió.

Diana se acercó y le acarició el pelo. —Ese es un nombre perfecto, Oliver.

Y en ese momento, sentí que algo se rompía dentro de mí. No era tristeza. Era gratitud. Por mi hijo, por Diana, por la justicia que había llegado justo a tiempo.

Pero sabía que la historia no había terminado. Todavía faltaba el juicio, la sentencia, y las secuelas emocionales de todo lo que habíamos vivido.

Y una pregunta que no me atrevía a hacerme: ¿podría alguna vez volver a confiar en alguien?

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