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Historias del foroVenganzaFicción7 min de lecturaParte 2 de 3

Mi exesposo quiso comprar su casa soñada sin saber que yo era la dueña — Parte 2 de 3

Por WixForum KitchenPublicada el

La furia de un orgullo destrozado

—¡Eso es completamente imposible! —gritó Julián, perdiendo por completo la compostura y poniéndose de pie de un salto—. Habíamos pactado un derecho de tanteo de setenta y dos horas. Tengo el dinero en una cuenta fiduciaria y exijo que se respete el acuerdo previo.

—El preacuerdo venció exactamente a las nueve de la mañana, señor Mendoza —repliqué, manteniendo un tono gélido y profesional que lo desarmaba por completo—. Son las diez y media. En el mercado de alta gama, noventa minutos son suficientes para perder un imperio.

Romina golpeó su bolso de diseñador contra la mesa, exigiendo respuestas con una histeria que resonó en todo el piso corporativo. Para ella, esa mansión representaba la validación social definitiva frente a su círculo de amistades; perderla ante una supuesta dependienta era una afrenta inaceptable.

—¡Me prometiste esa casa para el verano, Julián! —le recriminó la joven con veneno—. Dijiste que tus contactos en este sector eran infalibles. ¿Vas a permitir que una simple agente arruine nuestros planes?

Julián me miró con un odio visceral, intentando recuperar la posición dominante que solía ejercer sobre mí durante nuestro matrimonio. Se inclinó sobre la mesa, buscando invadir mi espacio personal como hacía en las discusiones de antaño.

—Sé perfectamente lo que estás haciendo, Elena. Estás resentida porque te dejé sin nada. Crees que puedes jugarme una trampa miserable usando tu puestecito de oficina, pero voy a hablar ahora mismo con el dueño de esta compañía para que te despidan antes del mediodía.

El verdadero rostro del poder

No pestañeé ni un solo instante ante su amenaza vacía. Con calma exquisita, presioné el intercomunicador de la pared y pedí la presencia del director legal de la compañía, don Fernando Salgado, uno de los abogados más temidos y respetados de la ciudad.

Fernando entró en la sala portando una carpeta lacrada y saludó con una inclinación de cabeza respetuosa en mi dirección, ignorando por completo la agresividad corporal de Julián.

—Dígale a esta mujer que se retire, licenciado —ordenó Julián con arrogancia ciega—. Vengo a cerrar la compraventa de Villa Magnolia y esta empleada está obstruyendo la operación por motivos personales.

Fernando miró a Julián con una mezcla de lástima y asombro profesional antes de aclarar la garganta para responder.

—Señor Mendoza, le sugiero moderar el tono. La señora Elena no es ninguna empleada. Es la fundadora, accionista mayoritaria y presidenta del consorcio inmobiliario que gestiona esta firma.

El silencio que cayó sobre la sala fue sepulcral. Romina abrió la boca sin emitir sonido, pasando la mirada de mí hacia su esposo, cuyo rostro reflejaba una parálisis absoluta. Los cimientos de su realidad machista acababan de desplomarse bajo sus pies.

—Y hay un detalle adicional que debería conocer antes de insistir —añadí, abriendo el documento que Fernando me acababa de entregar—. Villa Magnolia no pertenecía a un cliente anónimo. La propiedad forma parte de mi patrimonio personal desde hace dos años. Yo soy la vendedora.

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