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Historias del foroAmor y pérdidaFicción8 min de lecturaParte 1 de 3

El último tren de las siete y una carta sellada hace cincuenta años

Durante cincuenta años, Margarita esperó en el andén con dos cafés cada domingo… hasta que un desconocido le entregó la verdad sobre aquel billete que nunca se utilizó.

Por WixForum KitchenPublicada el

Escena de la historia «El último tren de las siete y una carta sellada hace cincuenta años»

El eco de un silbato en el andén desierto

El banco de roble situado bajo la marquesina de hierro forjado conservaba la memoria de miles de despedidas, pero ninguna tan prolongada como la de Margarita. Durante cinco décadas exactas, los vecinos de la pequeña localidad ferroviaria la habían visto acudir con puntualidad de relojero cada domingo al anochecer. Con paso sereno y el cabello cubierto por un pañuelo de lana gris, cruzaba el vestíbulo embaldosado y se dirigía directamente al mostrador de la cafetería.

Pedía invariablemente dos cafés para llevar en vasos de cartón: uno suave con dos terrones y otro solo, denso y sin endulzar. Aquella costumbre, que al principio despertó murmullos de simpatía y más tarde suspiros de lástima, se convirtió con el paso del tiempo en parte del paisaje inmóvil de la estación. Nadie se atrevía a romper el silencio de su espera dominical.

Aquel doce de octubre de 1974 parecía haberse congelado para siempre en la retina de Margarita. Recordaba el aire húmedo de otoño, el olor penetrante a carbón quemado y el peso ligero de su pequeña maleta de cartón piedra escondida bajo el asiento. Julián debía llegar con los pasajes para el expreso nocturno, la única vía de escape hacia una vida propia lejos del dominio asfixiante de don Ernesto, el padre de la muchacha, quien jamás permitiría que su primogénita desposara al hijo de un modesto mecánico de locomotoras.

—Espérame en el andén norte a las siete menos cuarto —le había susurrado él en su última cita clandestina junto al canal—. Pase lo que pase, no te muevas de allí. Subiremos juntos.

Pero el reloj de la torre central desgranó los minutos implacables, la campana sonó tres veces anunciando la partida y las ruedas metálicas comenzaron a girar sobre los raíles sin que Julián apareciera jamás. Aquella noche, Margarita regresó a su casa con el alma en pedazos, convencida de que el miedo o el arrepentimiento habían quebrado la palabra del joven. Desde entonces, el tiempo transcurrió sin aliviar el misterio de una ausencia inexplicable.

Un mensaje demorado por medio siglo

La tarde en que todo cambió, el viento del norte azotaba con furia las farolas de gas reconvertidas a luz eléctrica, proyectando sombras alargadas sobre las vías desiertas. Margarita sostenía ambos cafés entre sus manos enguantadas para mitigar el entumecimiento de sus articulaciones, contemplando la vía vacía como quien mira un pozo sin fondo. Estaba a punto de levantarse para emprender el camino de regreso cuando el crujido de pasos firmes sobre la grava helada la obligó a alzar la vista.

Frente a ella se detuvo un hombre joven, de unos veintitantos años, vestido con un gabán oscuro y bufanda azul marina. Tenía la misma estructura ósea en la mandíbula, los pómulos marcados y aquellos ojos castaños e inquisitivos que Margarita había amado en su juventud. El muchacho respiraba con dificultad, como si hubiera corrido desde la parada de taxis para no perder el último hálito de luz diurna.

—Disculpe mi atrevimiento… ¿es usted Margarita? —preguntó el muchacho con timidez evidente mientras se quitaba los guantes de cuero—. Llevo semanas buscándola por todos los registros del pueblo. Mi nombre es Mateo. Mi abuelo Julián me pidió en su lecho de muerte que le entregara esto en mano.

De un bolsillo interior extrajo un sobre de correo aéreo, ajado por los años, con los bordes desgastados por el roce constante y sellado con lacre descolorido. La anciana sintió una punzada lacerante en el pecho; sus dedos flaquearon de tal manera que el vaso de café amargo resbaló sin remedio, volcándose sobre el pavimento y manchando la orilla de su calzado con un líquido oscuro que humeaba débilmente en el frío de la tarde.

—Él… él perdió el tren —murmuró Margarita, incapaz de articular una frase completa, mientras la voz se le quebraba en un sollozo ahogado—. Me dejó aquí sola, esperando toda una vida.

—No, señora Margarita, él no perdió ningún tren —respondió el joven con serenidad compasiva, arrodillándose para quedar a la altura de sus ojos humedecidos—. Mi abuelo fue interceptado a doscientos metros de esta estación. Le arrebataron la libertad para que usted creyera que la había abandonado.

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