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Historias del foroSecretos de familiaFicción7 min de lecturaParte 2 de 3

La profesora de piano que reconoció a su hija por una canción de cuna — Parte 2 de 3

Por WixForum KitchenPublicada el

La llave escondida y el secreto que Nadia no podía ocultar

La noche cayó sobre el chalet como un manto de hielo. Viktor había llevado a Clara y a Anya al estudio privado, un lugar que ella recordaba bien: los estantes de roble, el fuego crepitante, el retrato de su boda sobre la repisa. Anya dormía en el sofá, exhausta por la emoción, con la mano de Clara aún en la suya.

Viktor, sentado frente a ella, no podía dejar de mirarla. «Elena, ¿cómo es posible que no me buscaras?», preguntó, con la voz ronca. «Pasé meses buscándote entre los escombros. Contraté a diez detectives privados. Nadia insistió en que te había visto morir».

Clara suspiró. «No recordaba nada durante meses», confesó. «Solo tenía pesadillas con fuego y con una cuna. Las cirugías me cambiaron el rostro. No fue hasta que vi tu anuncio buscando una profesora de piano que mi memoria empezó a regresar. Recordé la canción, recordé a Anya, recordé todo».

«Pero, ¿Nadia?», insistió Viktor, apretando los puños. «¿Por qué haría algo así? Ella era mi cuñada, la hermana de mi esposa. La acogí en mi casa cuando perdió su empleo».

Clara miró hacia la puerta cerrada. «Siempre estuvo celosa de nosotros, Viktor. De lo que teníamos. Cuando murió su madre, me confesó que ella también te amaba. Pero yo no le di importancia. No pensé que fuera capaz de…».

Un golpe en la puerta interrumpió la conversación. Un guardia entró con una caja de seguridad en las manos. «Señor Volkov, hemos registrado la habitación de la señorita Nadia como ordenó. Hemos encontrado esto escondido en el fondo de su joyero».

Viktor abrió la caja. Dentro, sobre un terciopelo azul, había una llave antigua con un monograma grabado: V.V. Era la llave de la habitación de Anya, la que él había encargado a un cerrajero de Ginebra solo dos meses antes del incendio. La llave que solo él y Elena tenían.

«Pero yo la usé para abrir la puerta cuando corrí a salvar a Anya», murmuró Clara, tomando la llave con sus manos temblorosas. «La dejé en la cerradura. Nunca la encontraron entre los escombros. Nadia debió tomarla después, cuando cerró la puerta por fuera».

«¿Y el brazalete?», preguntó Viktor, frunciendo el ceño. «Anya dijo que vio a Nadia tirar algo al fuego».

Clara asintió lentamente. «Esa noche, cuando desperté, vi un destello dorado en la puerta. Era el brazalete que Nadia siempre llevaba, el que le regaló su madre. Debió dejar caer al cerrar la puerta, y luego lo arrojó a las llamas para deshacerse de la prueba».

Anya se movió en el sofá, abriendo los ojos. «¿Mami?», susurró, con la voz aún ronca por el esfuerzo de hablar. «¿Nadia es mala?»

Clara la abrazó con fuerza. «Sí, cariño. Pero no volverá a hacernos daño. Nunca más».

Al día siguiente, los investigadores federales interrogaron a Nadia en el chalet. Ella negó todo, con gritos histéricos que resonaban en los pasillos de madera. Pero la llave y el brazalete, que los guardias habían recuperado de las cenizas del ala este, eran demasiado contundentes. Nadia fue arrestada bajo cargos de intento de asesinato, incendio provocado y fraude.

Pero mientras los agentes se la llevaban esposada, Nadia se giró hacia Clara y Viktor, con una sonrisa venenosa. «¿Creen que esto termina aquí?», escupió. «El seguro aún no ha pagado, Viktor. La mansión sigue en ruinas. Y ustedes dos… no pueden simplemente reanudar sus vidas como si nada. El pasado siempre vuelve».

Viktor apretó la mano de Clara. «No tiene nada contra nosotros», dijo con calma. «Solo tiene su veneno».

Pero Clara no pudo sacudirse la sensación de que Nadia tenía razón en algo. El pasado no era un río que se podía cruzar dos veces. Había heridas que ni el tiempo ni el amor podían cerrar del todo. Y la mirada de Anya, aunque llena de esperanza, también guardaba sombras que solo una madre podía reconocer.

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