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Historias del foroVenganzaFicción11 min de lecturaParte 1 de 3

¡Mi boda se convirtió en una guerra de flores y puños cuando mi novio decidió tener una amante!

Lo que empezó como el día más feliz de mi vida se convirtió en una pesadilla. La ceremonia en la catedral terminó en una pelea caótica. Pero eso fue solo el principio de la verdadera traición.

Por WixForum KitchenPublicada el

EL PEOR DÍA DE MI VIDA EMPIEZA EN LA CATEDRAL

El aire en la Catedral de Santiago estaba cargado de una solemnidad casi tangible. La luz del sol se filtraba a través de las vidrieras góticas, pintando el suelo de piedra con mosaicos de colores vibrantes. El órgano entonaba una melodía que prometía eternidad, un himno a nuestro amor. Yo, Alba, caminaba hacia el altar con paso firme, mi vestido blanco, una cascada de seda y encaje, rozando la alfombra roja que se extendía ante mí. Cristóbal me esperaba, su figura recortada contra el altar mayor, una silueta que juraba ser mi futuro. Mi corazón latía con una mezcla de alegría y nerviosismo, el preludio de un compromiso para toda la vida. Cada paso era un latido más cerca del paraíso prometido, un sueño hecho realidad que había anhelado desde niña. La gente que me rodeaba, los rostros sonrientes de familiares y amigos, parecían reflejar mi propia felicidad.

Pero a medida que me acercaba, una sombra pareció deslizarse entre los invitados. Nerea, mi hermana y dama de honor, vestida de un azul pálido que contrastaba con mi blanco nupcial, se deslizó a mi lado. Su rostro, normalmente radiante, estaba pálido y sus ojos, inyectados en sangre, reflejaban un terror que me heló la sangre. Justo cuando estábamos a unos metros de Cristóbal, Nerea se inclinó hacia mí. Sus labios apenas se movieron, pero sus palabras resonaron en mi mente como un trueno: “Alba, tienes que detener esto. Cristóbal… él no viene solo. Tiene otra mujer.”

LA ACUSACIÓN QUE LO CAMBIÓ TODO

Mis oídos dejaron de oír la música del órgano. El mundo pareció detenerse. Miré a Nerea, buscando una explicación, una señal de que era una broma cruel, una pesadilla de la que pronto despertaría. Pero la desesperación en sus ojos era demasiado real. Me giré instintivamente hacia Cristóbal. Su sonrisa, antes tan confiada, se había congelado, luego se transformó en una mueca de incomodidad. Sus ojos esquivaban los míos, un lenguaje corporal que gritaba culpabilidad. El ramo de lirios blancos que sostenía en mis manos se sintió de repente pesado, un arma inesperada en un campo de batalla que no había previsto.

La rabia comenzó a burbujear en mi interior, una marea caliente que ahogaba la incredulidad y el dolor. ¿Cómo podía hacerme esto? ¿En este lugar? ¿En este día? El sueño se desmoronaba ante mis ojos, y el dolor se transformó en una furia ciega. Sin pensar, levanté el ramo y, con toda la fuerza que mi cuerpo podía generar, golpeé a Cristóbal en la mejilla. Los lirios blancos se dispersaron como confeti nupcial sobre la alfombra roja, un símbolo macabro de la pureza rota. Un jadeo colectivo recorrió la nave de la catedral, un sonido ahogado que mezclaba sorpresa y horror.

Cristóbal retrocedió, aturdido, con la mano en la mejilla. La sorpresa en su rostro dio paso a una expresión de furia. Nerea, al verme, intentó intervenir. “¡Alba, por favor, para!”, imploró, su voz quebrada por la emoción. Pero la furia me había poseído. La imagen de su traición eclipsaba todo lo demás. Me volví hacia Nerea, mi hermana, y la abofeteé con fuerza. El sonido resonó en el silencio tenso que se había apoderado de la iglesia. Nerea se llevó una mano a la mejilla, sus ojos llenos de lágrimas y una expresión de dolor que me desgarró.

La escena se volvió caótica. Nerea, herida y quizás sintiéndose traicionada por mi reacción, se abalanzó sobre mí. Caímos juntas sobre la alfombra, mi vestido de novia enredado en nuestros cuerpos, un torbellino de seda y lágrimas. Los invitados gritaban, algunos se levantaban de sus asientos, otros sacaban sus teléfonos móviles para inmortalizar el desastre. Cristóbal, recuperado del golpe inicial, se levantó de un salto y me agarró del cuello. Me inmovilizó en un abrazo de oso, su agarre firme, y me dio un fuerte coscorrón en la cabeza, un gesto de burla y violencia que me hizo jadear.

En medio del caos, vi la mirada de Nerea. Había algo más que dolor en sus ojos; había una pizca de algo que no podía descifrar, ¿culpa? ¿Miedo? Cristóbal, con su aliento caliente en mi oído, susurró palabras hirientes: “¡Eres una loca! ¡Nunca te quise de verdad!” La crueldad de sus palabras me golpeó más fuerte que su puño. Antes de que pudiera asimilar la magnitud de su desprecio, se levantó de un salto, me empujó con fuerza y salió corriendo por la nave central, desapareciendo por las puertas de la catedral.

El silencio que siguió a su huida fue ensordecedor. Los invitados, paralizados, nos miraban a Nerea y a mí, aún enredadas en el suelo. Nerea, con el vestido manchado y el maquillaje corrido, se levantó lentamente. Su voz era un susurro roto cuando dijo: “Alba, tenemos que hablar. Hay algo que no sabes.” En ese momento, supe que la humillación en el altar era solo el preludio de una historia mucho más oscura y dolorosa.

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